Cómo nos afecta la Identidad Personal

En esta ocasión tratamos un importante aspecto de los niveles neurológicos de la estructura del cerebro humano, del lenguaje y de los sistemas perceptivos de las personas, como es la identidad, la cual conlleva unos factores determinantes de la visión general o propósito, es decir, de la misión de vida, y que modela las creencias o valores por medio de su sentido del “yo”. La identidad define la misión en la vida de cada individuo.

Las huellas una identidad personalLa identidad es la capacidad de una persona para reconocerse, por lo que es, para poder afirmar su continuidad y su permanencia, así como para conseguir ser reconocida por otros. También es la capacidad para distinguirse de los demás, al tiempo que hace reconocer su diversidad.

Las personas aparecen como sus cuerpos y sus sentimientos de efectividad, de pasión y de sensaciones, que se hacen reales en términos de flujos de energía.

Se llega a estar tan identificado con quien se cree que se “es”, que cuesta abandonar algunos no buenos valores, creencias y hábitos, a pesar de saber de las implicaciones malignas, por los resultados obtenidos.

Las personas tienen niveles de identificación, que son argumentos que condicionan su manera de vivir, siendo factores, muchas veces inconscientes, que han sido incorporados a través de mensajes que han interpretado como válidos por provenir de personas de referencias, para ellas.

Quién “soy”, se refiere a “quién creo que soy”, con “qué me identifico” y “cómo me califico”.

Aunque el termino identidad personal tiene diferentes concepciones teóricas, es común a ellas el sentimiento de continuidad emotiva, cognitiva, corporal y relacional, que establece la unidad del individuo.

Podemos hablar de la identidad personal como núcleo interior, fijo, esencial y permanente, como interacción y proceso, y como discontinuidad, fraccionada e incoherente.

Conviene reflexionar sobre el yo frente a sí mismo, el yo frente al tiempo, el yo frente a los otros, el yo frente a los otros como otros y el yo frente al mundo, con ello se dispondrá de un mejor conocimiento sobre la identidad personal. Para llegar a esa identidad esencial, a eso que solamente puede responder cada cual, se plantean las siguientes interrogantes, de lo más íntimo, de cada ser:

¿Quién soy?
¿Es la conciencia o la mente la que me permite saber quién soy?
¿Es posible el conocimiento de sí mismo?
¿Qué es el yo?
¿Qué es lo que da continuidad a mi vida?
¿Soy el mismo a través del tiempo?
¿Es el yo una construcción?
¿Soy diferente a los otros?
¿Cuál es la relación entre identidad y narración?
¿Qué representa mi cuerpo en la formación de mi existencia individual y colectiva?
¿Qué papel desempeñan los otros en la definición de mi identidad?
¿Cuál es la relación entre identificación e identidad?
¿Existe un yo unitario o más bien un yo múltiple?

Normalmente a través de conceptos como reflexividad, interioridad, libertad, privacidad, individualidad y conciencia se va dando una idea de un yo abstracto y universal.

Las relaciones interpersonales, que las personas mantienen, van indicando y definiendo los recursos narrativos, de conocimiento y normativas, que establecen criterios constructivos y reconstructivos de la identidad del individuo.

Para una persona el reconocimiento de los otros le asigna una identidad, reconociéndose a partir de la reflexión de los reconocimientos recibidos de la demás gente.

Existen diferentes acciones, que observándolas, otorgan unos atributos a las personas, que ayudan para clasificarlas con una cierta identidad social y personal, incluso existen prácticas que los individuos realizan y mediante las cuales se definen a sí mismos.

Normalmente la persona informa sobre sí misma, representándose en relación a si y en relación a los otros, siendo en ocasiones idéntica a ellos y a veces diferente.

Lo extraño suele desvincular y puede conllevar un conocimiento manipulador, con el argumento de que es una verdad que se ha descubierto.

Pude existir dominación social en el asimilar y rechazar, en un marco de control social, manifestándose mediante la amenaza de la ausencia, por ese rechazo a lo que no se quiere compartir, que en ocasiones, si se asemeja, se consigue un cerramiento a permitir la apertura de lo que se lleva dentro.

Siguiendo criterios privados y objetivos, la impostación psico-social, pone el origen de la identidad en prácticas de identificación, siendo importante el mantener los reconocimientos personales, que aseguran las identificaciones sociales, a los miembros de una comunidad.

Hemos de saber lo que está lejos y que nos es necesario aproximar para aprender y así acercarnos a nosotros mismos, y con ello ver cosas de nosotros mismos, que hasta ese aprendizaje, no veíamos.

Las prácticas de individualización suelen responder a un interés de distinción, mientras que las de calificación acostumbran obedecer a intereses de control y de exclusión y/o integración, que se ha asumido como una disociación de lo diferente.

El vivir una interioridad, ausente de un mundo en movimientos, y solo estar centrado en la cultura y la historia como algo real, oponiéndose a lo que no fuese así, llega a hacer irreal esa realidad, y lo fingido, en esa situación, configura la reordenación de los significantes.

Surgen “verdades” desconocidas y sometidas por la fuerza real de aquellos que tiene el poder de orientar la mirada de los demás, allí donde la verdad totalitaria se relativiza y se acomoda a esos poderes reales y particulares.

Para la individualidad de la identidad personal se ha de esperar:

De la totalidad que emerjan caminos que faciliten, a las personas, encuentros con la naturaleza, consigo mismas y con los demás.
De la comunicación que imparta entendimiento para posibilitar unas buenas relaciones, sin manipulaciones particulares interesadas.

Los descentramientos han de conducir hacia uniones para disponer nuevas y mejores formas de estar en este mundo, así como para hacer el uso más adecuado del tiempo.

Identificarse de forma excesiva con un aspecto de la personalidad o con el desempeño de un rol puede crear tensiones y problemas, que pueden ser: excederse en autoexigirse llegando al estrés, sentirse imposibilitado para disfrutar de algunos aspectos de la vida o usar patrones de un rol que no son efectivos en otras circunstancias. Resulta práctico conseguir despegarse de una identificación excesiva, puesto que ello supone la liberación de energía para otras actividades necesarias o deseadas.

Desde la individualidad de la identidad personal, hemos de reconocer que somos seres sociales y por tanto el mundo, sentido y compartido, con los demás nos muestra el aspecto estético de la existencia común, siendo una forma de nuestra expansión, sin dominación ni interés personal, sino en la emoción, la empatía y el deseo comunitario, al tiempo que se está en un pensamiento de múltiples posibilidades.

En definitiva, la identidad es la suma de los niveles lógicos inferiores, de forma que, al creer que somos de una forma, y que nuestras capacidades se limitan o se potencian según que campos tratemos, nos hace creer que “Yo soy…”, lo que limita o potencia nuestras posibilidades dentro del mundo en el que nos movemos, y a su vez también, si sabemos comprenderlo, puede ayudarnos a lograr lo que queramos.

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